martes, julio 29, 2014

Sri Lanka


    En mi jardín trasero estaba Sri Lanka. Verde. Tupida. Húmeda. Sri Lanka era un pedazo de terreno verde, lleno de gatas peludas y bicho bolitas que se dejaban ver cuando corría la corteza de los eucaliptos. 

   Qué recurrente son los eucaliptos en cada ensayo, hay algo imborrable de ellos y es el miedo que me provocaba escucharlos las noches de tormenta. Los escuchaba como gritos de un gigante, como una avalancha de hojas histéricas y enojadas, imaginaba sus pirnas quebrándose como ramas en la llama.
  
   Una vez se cayeron, no en casa, en lo de Damián. Se hundieron en sí y luego fueron hacia delante, como si bajo ellos un barro, una arena movediza, les quitara el sostén y los dejara a la buena del viento. Y ahí quedaron, arriba del chalet de Damián, dos eucaliptos descuidados por la tierra. 

   En Sri Lanka me encontré con Anahí, de noche, mientras me hamacaba contando estrellas. Anahí nunca supo nada.

  Sri Lanka era el potrero en el cual Ravelli le atajaba un penal a Trifon Ivanov. Ivanov era feo, pero le sobraban huevos.

  En Sri Lanka Bebeto hizo un gol y bailó con una camiseta holgada, le llegaba a las rodillas. Le tapaba las rodillas. Todos éramos Bebeto. Todos bailábamos como los cronopios.

  Roy Orbison se cierne sobre los sueños.

  


  

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