
Entonces, parece que la cagamos cuando crecemos. Algunos quizás no.
Tengo un recuerdo que ni siquiera debería llamarlo recuerdo, porque anda todo el rato dando vueltas por esas telarañas chispeantes que se ocultan bajo el cabello. Era el año 92, siempre el año 92, no sé si por las olimpiadas, por la maestra Olga o porque el grunge explotaba mientras yo me conformaba con escuchar los 40 principales, lo cierto es que cada vez que pienso en un año es 1992.
Era el año 92, fue en un recreo. Un pibito iba y venía, se notaba que las clases de gimnasia lo dejaban algo soso después de comerse un sandwich con queso y membrillo. Los mocos pendían de él como lo hacen las orejas perforadas de las africanas. Corría en forma arremolinada, con desparpajo, tras una pelota hecha de hojas blancas. Como él había otros tantos, todos de la misma altura, con los mismos mocos, persiguiendo desordenadamente la improvisada esfera. No se les puede pedir táctica a esa edad, el fútbol es, a los seis años, una diversión que consiste en correr de forma compulsiva en pos de dar con la pelota e impactarla. No importa a dónde, no importa a quién.
En eso estaban los ingresantes de la escuela pública cuando una campana irrumpió con vehemencia en la tarde otoñal. Era el fin, la metáfora del pitazo final a manos de una portera que experimentaba cierto placer al agitar la campana. Antes de volver al aula, en los últimos segundos del recreo agonizante, los niños debían hacer la cuenta, decretar un resultado para el partido y comenzar, a partir de allí, una serie de cargadas que se prolongarían a lo largo de la tarde.
-Ganamos- dijo uno, casi con desdén, sin mirar a los supuestos derrotados. Con el correr de los años ese nene pasó a ser el monito, apodo recibido gracias a ese puto empeño que tenemos de asimilar rostros humanos y animales
Esa afirmación motivó una lluvía de objeciones, pues los indicados como perdedores sostenían que había sido un empate. El monito hacía oídos sordos, caminaba derecho sin siquiera detenerse a explicar sobre el resultado. La marcha del monito se detuvo cuando, desde atrás, uno de los derrotados gritó fuertemente que habían ganado. Ya detenido, mirando fijo a quién lo había increpado, el monito fue a su encuentro y cara a cara le respondió gritando
-¿quéeee? ¡chupame la culo! ganamos nosotros uno a dos...
No habrá lugar, no habrá momento, no habrá vida para escuchar una puteada semejante.
...
Vos crecés y te vas armando de capas; en algunos casos de corazas. Te vas revistiendo de incontables actitudes que te alejan de la espontaneidad y la naturalidad que supiste tener. Es lógico, natural, dicen. Conozco "gente grande" que mantiene esa frescura inusual, poco habitual por éstos días, pues en el momento histórico que nos toca vivir se acentúa cada vez más la apariencia, el quedar bien y los deseos estúpidos de pertenecer, ¿a qué? a cualquier cosa; pero hay que pertenecer. Ésto no es en alusión a la reprochable cita "todo tiempo pasado fue mejor"; en todo caso, es preferible vivir en esta época a vivir en un space and time en el cual te fustigaban si decías que la Tierra era redonda.

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