Se ciernen, ya, las sombras de la noche... (Hearts in Atlantis)
Breve recorte de una noche cualquiera, en una ciudad cualquiera, con gente única. El disco de In Vitro, el baile sensual de una desconocida, la energía compartida por decenas de imperfectos; el sueño que se torna tangible.
En concreto, todo gira en torno a subjetividades, al gusto personal y retorcido de quien valora. Mis valoraciones son tan válidas como las de aquel que aborrece la distorsión, el pelo largo, a Led Zepellin y los pantalones marca-bultos. En este caso, en este espacio, la idea es resaltar y exponer aquello que es del agrado, no criticar porque sí. Sin deslegitimar la crítica, muchas veces se vierte en ella un cóctel de frustraciones propias y recelos estúpidos. Lo que no nos gusta, no nos gusta; emprender una cruzada contra ello es como pajearse pensando en Bernardo Neustadt (!!!).
Hegel se debe morder los gusanos cada vez que se cometen atropellos a su tan resaltada "honradez intelectual": en su gran mayoría las críticas musicales -y posiblemente todas las críticas- se presentan como un análisis objetivo e imparcial; una conclusión racional que pone en manifiesto las cualidades del producto (se trate de una canción, un álbum, un recital). Sin embargo, antes de que uno pueda llegar a estructurar la crítica, antes de que el párrafo se llene de metáforas y egocentrismos del autor, el objeto/concepto criticado ya se ha tomado unos vinos con la emoción, con lo irracional. Por ello, más allá de la buena voluntad, del máximo esfuerzo por buscar la objetividad, la idea ya viene con el sello del gusto, con la imborrable e inocultable impronta personal.
Entonces, para qué fingir libertad e independencia -qué linda esquina (?)- conceptual, si todo lo que pueda decir acerca de In vitro me viene de cualquier lado menos del marulo.
Larga vida al rock; a quienes se emocionan con la música.

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