martes, febrero 22, 2011

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Era en la casa de un viejo agrio, mal hablado y desagradable. Pasábamos horas, en ocasiones supimos darle la espalda al potrero –Vaya santuario- con el único fin de insertar fichas y matar dragones. Ahora resulta obsoleto, un ataúd vertical, anacrónico y aburrido; un limitado gráfico con piezas apenas animadas y reiteración infinita de trucos y objetivos. En su momento era la gloria: guardar moneda tras moneda de cada vuelto y rajar para los jueguitos. Esperar que haya alguien allí, hacer pareja y tratar de dar vuelta un juego. A veces te tocaba una momia, esos pibes que sólo iban a los juegos porque el padre le compraba veinte fichas para sacárselo de encima. Nosotros éramos más efectivos; motivados y condicionados por nuestra propia indigencia, hacíamos rendir nuestras pocas fichas, difícilmente continuáramos un juego introduciendo otra ficha: perdíamos dignamente y reiniciábamos el juego desde cero, un poco para tener más tiempo de juego neto y otro tanto porque no era lo mismo ganar continuando cada vez que se perdía.

Tuvimos nuestras primeras experiencias con el fanatismo, en realidad la tuvo el pacha: indignado porque se habían llevado el Cabal y lo remplazaron por el Wonder Boy, no tuvo mejor idea que cagar a patadas a la máquina.

-La maquina es la misma, pacha, le cambiaron la plaqueta nomas- le decíamos para calmarlo, o al menos para que deje de patear ese pedazo de madera negra.

- ¡¡¡¿qué misma ni misma?!!!, decía él, queriendo arrancar la palanca y pegándole al botón rojo- yo antes acá mataba Indios y ahora está este rubio maricón comiendo manzanas...

Eso fue la génesis, pronto empezó el vandalismo: Robábamos fichas o levantábamos, con esfuerzo de días, el tablero de los controles. Lo demás era tarea fácil, esperábamos un descuido e introducíamos el brazo hasta tocar incansablemente el pistulín que daba los créditos; a veces lo hacíamos de forma exagerada, recibiendo la mirada del viejo que nos observaba jugar tres horas seguidas habiendo comprado sólo tres fichas.

-Qué juego largo, don-, repetía yo cuando sentía el peso de la mirada ajena.

A veces nos agarrábamos a piñas, siempre por lo mismo: faltar a las reglas establecidas antes de iniciar el juego. Sin truquitos, le dije a Pablo y el asintió. El muy hijo de puta me ganó en el tercer round haciendo uso de todo lo que le permitía el juego, una vez terminado el enfrentamiento virtual nos dimos más piñas que en el juego. Al rato volvíamos a jugar en contra; otra vez las piñas, los trucos en la máquina y las trompadas en la mejilla. Así siempre.

De eso no queda nada. Hay de todo...Pero distinto.

Game over.

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